sábado, 13 de diciembre de 2008

invierno del otro lado


La gente cambia a finales de año, literalmente, somos nuevas células de piel que se emocionan con lo nuevo y que tratan de ignorar que existió un pasado en el que había personas. En invierno todo es gente que trabajan, que compran cosas, que agradecen, que se ilusionan con nuevos proyectos y que intentan volver a comenzar, personas frente a frente con caras nuevas, con ropa nueva, con labios nuevos y pieles nuevas, benditos intercambios navideños.

Pero en invierno las personas también añoran, la época más detestable del año, es la época en la que sientes como el frío arrastra los recuerdos. Todo se vuelve tan confuso que me marea, me da miedo lo nuevo y extraño lo viejo, estoy parada al borde de un acantilado y no se si debo brincar junto con el resto o permanecer, arriesgarme a quedarme sola en el lugar que ya conozco. Después de 20 inviernos las cosas no se han vuelto más claras, los regalos navideños se han vuelto más fríos y carecen de sentido, las personas del camino constituyen cada vez una tentación más fuerte, me incitan a moverme a lugares que no conozco, y los motivos para permanecer se ven cada vez más borrosos.

La gente no entiende nada a finales de año, se vuelven tan putamente amorosos que acaban sofocandote y haciéndote sentir peor, mas solo y sin espacios. Las preocupaciones desaparecen magicamente a finales de año, la gente no nota que cuando empiece un nuevo año van a volver para madrearlos.

No quiero esperar a que todo vuelva. A finales de año quisiera dormir al sur, bien abrigada, quisiera cortar el pasto y fumar, escuchar música y esperar tu voz en mi oído.

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